lunes, diciembre 05, 2005
EL NABO NAZARETH
Dos mil años después de la experiencia piloto, es muy común encontrar, disimulados entre la gente común y corriente, a una nueva especie de emisarios celestiales. El Nabo Nazareth ha llegado para hacerse cargo de pagar por los pecados de todos los nabos del mundo.

Fiel a su mandato, el Nabo Nazareth busca una linda naba, la hace feliz y forma una familia. Durante un tiempo, vive en una plácida serenidad, se gana el pan con el sudor de su frente, disfruta de su amor, progenie y mascotas y, a pesar de los paros de trenes, los piquetes sorpresa o las horas extra inesperadas, va de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Pero no es fácil ser el hijo pródigo, no es fácil estar siempre sonriente y bien peinado para las estampitas. No es fácil cargar con las responsabilidades de una familia con todos sus integrantes, padres, suegros, ahijados, cuñados, tutores y entenados. No es fácil ser honesto, leal y siempre bueno. Pero, sobre todo, no es nada fácil seguir por el sendero de la rectitud y resistir estoicamente las tentaciones de este mundo cruel y plagado de yeguas.

No es fácil y, para colmo, es aburrido. Y esto hace que, cada tanto, el Nabo Nazareth se replantee su misión en esta vida y empiece a preguntarse por todas aquellas cosas que podría hacer o tener si no fuera quien es, si fuese libre de ser quien quisiera ser. Comienza entonces un período de dudas, pequeños baches de melancolía y, por lo tanto, de búsqueda.

En uno de estos momentos de debilidad, el nabo, encarnación del bien, el amor y la familia, encuentra una yegua. Una yegua que con sus artes lo incita al mal, lo lleva al camino de la perdición, lo calienta y lo saca de sí. Lo vuelve loco. El nabo se entrega, se deja llevar y no se da cuenta de que así comienza su Vía Crucis.

Atrapado entre las necesidades básicas satisfechas (camisas planchadas, comida caliente, atenciones enfermeriles, etc) y las necesidades básicas a satisfacer (la sal de la vida, el sexo con la yegua), este nabo no tiene paz. Quiere mucho a su naba, sabe que tiene que hacerla feliz, y sufre. Pero también está enamorado de la yegua, quiere hacerla feliz a ella también, y sufre. Porque Nazareth es el nabo sufriente por definición y está dispuesto a poner, no solo las dos mejillas, sino también el cuerpo entero: el que carga la Cruz, la gran Cruz de no poder hacer feliz ni a su naba ni a su yegua.

Sin poder elegir entre el deber ser y el querer cojer, el nabo trata de construir un mundo ideal para su naba y un rinconcito atractivo, excitante y divertido para su yegua. Se multiplican entonces los paros de trenes, los piquetes sorpresa, las horas extra inesperadas, los miniturismos laborales y otros tentempiés que nunca son suficientes. Porque, hombre de carne y hueso al fin, no puede con todo. Y como no puede con todo, sufre y vuelve a caer en las dudas, la nostalgia y hasta la franca depresión no para.

Se desatan, entonces, los padecimientos del Nabo: por un lado, tiene que maniobrar con su naba, que será muy naba pero no es ninguna boluda, y empezó a sospechar y a perseguirlo de manera constante vía preguntas agudas, teléfono celular intermitente, cara de "la vida me engañó", montajes dignos de Silveyra-Laport en custodia de "su amor", escenas violentas, reclamos y hasta seudo-intentos de suicidio mediante improbables combinaciones como té de tilo y Mentitas, o Tafirol con coca cola, con el claro mensaje de "me estás arruinando la vida y la vas a pagar caro".

Por el otro lado, el Nabo quiere estar cada vez más tiempo con la yegua, porque con ella coje bomba y puede olvidarse por un turno de todos sus problemas, y entonces no quiere dejarla sola ni un minuto, no sea cosa que se le dé por seguir siendo tan yegua como era cuando él la conoció. Entonces, cuando sólo necesita "tranquilidad" y "tiempo para pensar", la tormenta arrecia y él es sólo un juguete de pasiones como olas desaforadas que lo arrastran de aquí para allá, de casa a lo de la yegua y de lo de la yegua a casa, y el trabajo muy bien gracias.

Por momentos intenta retomar el buen camino apartándose de la yegua, pero enseguida se deja llevar por los demonios, se hunde en las mieles del placer, y olvida a su naba, y sufre, sufre por hacer sufrir, las espinas que lastiman su frente son cada vez más dramáticas y conmovedoras, son peores, más dolorosas que las de la película de Mel Gibson y la Cruz es una carga cada vez más pesada.

El Nabo no puede con todo.

Y como no puede con todo, sufre.

Sufre porque sabe que su problema es que está atrapado en la Santísima Trinidad: Naba-Nabo-Yegua.

Y lo peor de todo es que él es ateo.
 
**Yeguas Inc.** 12:02 p. m. | |